La montaña de Sorte: el santuario de Yaracuy donde Venezuela sube a negociar con lo invisible
La montaña de Sorte en Yaracuy: el santuario de María Lionza donde miles de venezolanos suben cada Semana Santa a negociar con lo invisible.

Cada Semana Santa, mientras buena parte de Venezuela busca la playa o se recoge en silencio, miles de personas eligen el camino contrario. Cargan bolsas de velas, botellas de aguardiente, tabacos, flores y telas de colores, y enfilan hacia un macizo verde y húmedo en el estado Yaracuy, en el centro-occidente del país. El destino es la montaña de Sorte, núcleo de un culto que lleva más de un siglo resistiéndose a las explicaciones sencillas.
Lo que sucede allí no figura en el manual oficial de ninguna iglesia. No existe un templo único, ni un libro sagrado, ni una jerarquía que dicte la verdad. Hay, en cambio, una figura central: María Lionza, una deidad femenina que, para sus devotos, reina sobre las aguas, los bosques y los animales, y a la que se piden curaciones, protección, amor y fortuna. Para algunos es una diosa indígena; para otros, una dama de tiempos coloniales; para muchos, ambas a la vez. La pregunta sobre quién fue realmente nunca ha tenido una respuesta definitiva.
El enigma de Sorte no es solo religioso. Es también antropológico, histórico y, en cierto modo, nacional. ¿Cómo logró un culto sin fundador conocido, sin documento de origen y mirado con recelo durante décadas, convertirse en una de las prácticas espirituales más extendidas de Venezuela?
Una reina con muchos rostros
La tradición ofrece varias versiones sobre el origen de María Lionza, y casi ninguna puede sostenerse con documentos firmes. El relato más repetido la describe como una joven indígena de ojos claros, hija de un cacique de la región, a quien las aguas habrían reclamado tras una sucesión de señales. En otras variantes su figura se entrelaza con la imagen católica de la Virgen y con un nombre extenso, María de la Onza, que el habla popular fue limando hasta dejarlo en María Lionza.
Quienes estudian el folclor venezolano sostienen que la figura probablemente reúne tres raíces que convivieron en el territorio a lo largo de siglos:
- La herencia indígena, ligada a la veneración de la naturaleza, los ríos y las montañas.
- El aporte africano, llegado con las personas esclavizadas, con sus propias deidades y sus formas de trance.
- El componente católico impuesto durante la colonia, con sus santos, sus estampas y sus rezos.
De esa mezcla surgió un sistema de creencias que los especialistas suelen describir como culto sincrético: no borró a las religiones que lo precedieron, sino que las absorbió y las reordenó a su manera. El resultado es una espiritualidad flexible, que cada devoto acomoda a su propia historia. Esa maleabilidad explica, en parte, por qué ha sobrevivido a tantos intentos de definirlo desde fuera.

Las tres potencias y una corte sin fin
Gran parte de la iconografía popular gira en torno a las llamadas tres potencias: la propia María Lionza, el cacique indígena Guaicaipuro y el Negro Felipe. La tríada condensa el mestizaje venezolano en una sola imagen y aparece una y otra vez en estampas, velas y altares repartidos por todo el país.
Pero el panteón no termina ahí. Con el paso del tiempo, el culto fue sumando lo que sus practicantes llaman cortes: conjuntos de espíritus a los que se invoca según lo que cada quien necesite. Existen cortes de médicos, de indios, de vikingos, de figuras históricas e incluso de personajes más recientes. Esa capacidad de seguir creciendo, de incorporar nuevas presencias sin pedir permiso a ninguna autoridad central, es uno de los rasgos que más intriga a quienes lo investigan.
Para sus fieles, Sorte no es un lugar de paso, sino una puerta: el sitio donde el mundo visible y el invisible se rozan durante unos días del año.
Lo que ocurre en la montaña
Durante la Semana Santa, las faldas y los ríos de Sorte se llenan de peregrinos. Los rituales suelen celebrarse de noche, en torno a hogueras y a velas que trazan figuras sobre el suelo. Hay tambores, cantos, ofrendas de tabaco y aguardiente, y baños en aguas a las que se atribuye un poder purificador.
El elemento que más comentan los visitantes es el trance. Según la tradición del culto, ciertos participantes, llamados materias o medios, entran en un estado alterado en el que aseguran ser «montados» por un espíritu que habla, aconseja o cura a través de ellos. Antropólogos y periodistas han descrito estas escenas a lo largo de los años, aunque no existe evidencia científica que confirme la presencia de entidades sobrenaturales. La psicología y la antropología tienden a interpretar el fenómeno como un estado de conciencia inducido por el ritmo, la sugestión colectiva y la fe, sin que esa lectura agote por completo el debate.
Lo que sí está documentado es la dimensión social del fenómeno. A Sorte no suben únicamente creyentes fervorosos: llegan personas de todas las clases, oficios y regiones que, frente a la enfermedad, la crisis económica o el desamor, buscan una respuesta que sienten que no encuentran en otro lugar. La montaña funciona, así, como una especie de espejo donde se reflejan las angustias de un país entero.

De la sospecha al símbolo nacional
El culto no siempre fue tolerado. Durante buena parte del siglo XX convivió con la desconfianza de sectores religiosos y de algunas autoridades, que lo asociaban con la superstición. Lejos de extinguirse, sin embargo, se expandió: hoy se practica en hogares, mercados y pequeños altares de numerosas ciudades venezolanas.
Capítulo aparte merece la célebre estatua de María Lionza que durante décadas presidió una autopista de Caracas, obra del escultor venezolano Alejandro Colina. La imagen de la reina montada sobre una danta y sosteniendo un símbolo sobre su cabeza se volvió tan reconocible que terminó siendo un emblema de la ciudad. Con los años sufrió deterioros y fue centro de polémicas sobre su conservación y su traslado, un episodio que muchos devotos vivieron como una herida y que reavivó la discusión sobre el lugar del culto en la identidad del país.
Que un Estado de mayoría católica haya elevado a monumento urbano la figura central de un culto popular dice mucho sobre el modo en que Venezuela ha aprendido a convivir con su propio misterio: ni del todo aceptado, ni del todo negado.
Lo que la montaña no responde
Después de más de un siglo de peregrinaciones, las preguntas de fondo siguen abiertas. Nadie puede demostrar quién fue exactamente María Lionza, ni precisar en qué momento dejó de ser leyenda para convertirse en deidad. Tampoco hay quien explique del todo por qué un culto sin estructura formal logra reproducirse generación tras generación, ni por qué personas que se declaran escépticas terminan, en algún momento difícil de su vida, subiendo a Sorte con una vela encendida entre las manos.
La ciencia aporta hipótesis sobre el trance; la historia, fragmentos sobre el origen; la antropología, modelos sobre el sincretismo. Pero ninguna de esas miradas alcanza a abarcar lo que sucede cuando la montaña se llena de luces en la madrugada de Semana Santa.
Quizá ese sea el verdadero secreto de Sorte: no que responda a las súplicas que recibe, sino que, año tras año, siga recibiéndolas sin descanso. La montaña permanece callada sobre el estado de Yaracuy, custodiando una pregunta que Venezuela, todavía, no termina de formular del todo.


