Desapariciones

El coronel Fawcett y la Ciudad Perdida de Z: la desaparición que devoró el Amazonas

El coronel Fawcett desapareció en 1925 buscando la Ciudad Z en el Amazonas: un misterio sin resolver que la arqueología moderna volvió inquietantemente plausible.

El coronel Fawcett y la Ciudad Perdida de Z: la desaparición que devoró el Amazonas

El 29 de mayo de 1925, el explorador británico Percy Harrison Fawcett garabateó su último mensaje conocido desde un claro del Mato Grosso, en el corazón de Brasil, un punto que él mismo bautizó como “Campamento del Caballo Muerto”. En esa carta, dirigida a su esposa Nina, anunciaba que estaba a punto de cruzar un río y adentrarse en territorio inexplorado. Lo acompañaban su hijo mayor, Jack, de veintiún años, y un amigo de este, Raleigh Rimell. Buscaban una ciudad antigua y sofisticada que Fawcett llamaba, con deliberada sobriedad, “Z”.

Ninguno de los tres regresó. No hubo despedida, ni tumba, ni explicación. Solo el silencio de la selva y un misterio que, un siglo después, sigue sin resolverse.

La desaparición de Fawcett se convirtió en una de las grandes incógnitas de la exploración moderna. Pero lo más inquietante no es solo que un hombre experimentado se esfumara sin dejar rastro: es que, con los años, la ciencia comenzó a sugerir que la quimera que perseguía quizá no era tan absurda como creyeron sus contemporáneos.

Un explorador, no un soñador

Conviene desterrar la idea de un aventurero ingenuo. Fawcett fue un militar y topógrafo formado, miembro de la Royal Geographical Society, que entre 1906 y 1924 realizó varias expediciones a Sudamérica. Buena parte de su trabajo fue rigurosamente práctico: ayudó a delimitar tramos de frontera entre Bolivia, Perú y Brasil en zonas donde la selva volvía borrosos los mapas y donde los conflictos limítrofes podían encenderse por unos kilómetros de caucho.

Conocía la región amazónica mejor que la mayoría de los europeos de su época. Sabía leer ríos, calcular rutas y sobrevivir con recursos mínimos. Esa experiencia es, precisamente, lo que hace su desaparición tan difícil de explicar con una sola hipótesis sencilla.

Su obsesión con “Z” nació de los archivos, no de la fantasía. Fawcett se apoyaba en un documento colonial portugués del siglo XVIII, conocido como el Manuscrito 512, conservado en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. En él, un grupo de exploradores —los llamados bandeirantes— afirmaba haber hallado en el interior del país las ruinas de una gran ciudad de piedra, con calzadas, arcos y plazas, abandonada y cubierta por la maleza. Para la mentalidad de la época, aquello era leyenda. Para Fawcett, era una pista.

Fawcett se guió por un viejo manuscrito colonial del siglo XVIII.
Fawcett se guió por un viejo manuscrito colonial del siglo XVIII.

La última expedición

A principios de 1925, financiado en parte por un consorcio de patrocinadores y la cobertura de la prensa, Fawcett organizó una expedición deliberadamente pequeña. Había aprendido que las caravanas numerosas eran lentas, llamativas y vulnerables. Prefería avanzar ligero, con pocos hombres y la mínima carga posible.

Antes de internarse en lo desconocido, dejó una instrucción que con el tiempo adquirió un peso casi profético.

Pidió expresamente que, si desaparecía, nadie organizara un rescate: cualquier expedición de búsqueda solo añadiría más muertos a la selva.

Sus últimas cartas describen a Jack y a Raleigh agotados, con los pies llagados y picaduras infectadas, pero de buen ánimo. Después del 29 de mayo, no llegó nada más. Durante meses, la familia y los patrocinadores esperaron noticias que la selva nunca devolvió.

Las búsquedas que agrandaron el misterio

Su advertencia fue ignorada casi de inmediato. La desaparición se transformó en un fenómeno mediático internacional, y con él llegaron las expediciones de rescate, los curiosos, los oportunistas y los aventureros en busca de gloria. Se calcula que, en las décadas siguientes, alrededor de cien personas murieron, enfermaron o desaparecieron intentando encontrar a Fawcett o reconstruir su ruta. La búsqueda del explorador terminó cobrándose más vidas que la propia expedición original.

Con el tiempo proliferaron las hipótesis, cada una con distinto grado de verosimilitud:

  • Muerte por hambre, enfermedad o agotamiento. Es la explicación más sobria y, para muchos investigadores, la más probable. La región es implacable: malaria, fiebres, heridas que se infectan y distancias enormes sin auxilio posible.
  • Conflicto con pueblos indígenas. Fawcett se adentró en territorios habitados por comunidades que tenían motivos para desconfiar de los forasteros, tras décadas de violencia ligada a la explotación del caucho. Algunos relatos posteriores apuntaron a un enfrentamiento, pero nunca se confirmó de forma fehaciente.
  • La permanencia voluntaria. Versiones más especulativas sostuvieron que Fawcett decidió quedarse a vivir en la selva. Las más fantasiosas llegaron a hablar de una comunidad secreta o de un retiro místico. No hay ninguna evidencia que sostenga estas afirmaciones.

A lo largo del siglo XX aparecieron supuestos huesos, brújulas y objetos atribuidos al explorador. Ninguno resistió un examen riguroso. En la década de 1950 se recuperaron restos óseos que algunos vincularon a Fawcett, pero los análisis disponibles los descartaron. Sus restos, hasta hoy, nunca se identificaron.

La tecnología moderna reveló antiguas aldeas en el Xingú.
La tecnología moderna reveló antiguas aldeas en el Xingú.

El giro inesperado: ¿y si “Z” existió?

Durante generaciones, la “Ciudad de Z” se consideró una invención colonial, el espejismo de un hombre brillante pero terco. La Amazonia, se asumía, había sido siempre un territorio demasiado hostil para sostener civilizaciones complejas. Esa certeza, sin embargo, empezó a resquebrajarse.

Ya en la primera mitad del siglo XX, la antropóloga Heloísa Alberto Torres y, más tarde, investigadores como Michael Heckenberger documentaron en la región del Alto Xingú vestigios de un pasado mucho más denso de lo supuesto. En las últimas décadas, el uso de tecnología LIDAR —que permite “ver” el suelo bajo la vegetación mediante pulsos láser— reveló en distintos puntos de la cuenca amazónica redes de asentamientos conectados por caminos rectos, fosos defensivos, puentes y plazas: comunidades planificadas, con miles de habitantes, anteriores a la llegada europea.

No se ha hallado una única “Ciudad de Z” de piedra como la imaginaba Fawcett, y conviene ser preciso: nada prueba que él tuviera razón sobre los detalles. Pero la idea de fondo —que el interior amazónico albergó sociedades urbanas y organizadas— pasó de fantasía descartada a hipótesis respaldada por evidencia arqueológica. En ese sentido, el explorador perseguía una intuición que la ciencia, décadas después, tomaría en serio.

Un final que sigue abierto

Percy Fawcett desapareció buscando algo que su época juzgaba imposible y que la nuestra considera, al menos, plausible. Murió —si murió— sin saber que el tiempo le concedería una extraña forma de razón parcial.

Quedan demasiadas preguntas sin respuesta. No se sabe con certeza qué le ocurrió a la expedición después del último mensaje, ni dónde reposan sus restos, ni hasta dónde llegó realmente antes de que la selva lo borrara del mapa. Cada nueva campaña arqueológica en el Xingú añade matices al contexto, pero no resuelve el enigma personal.

El cuerpo del coronel sigue perdido en algún lugar del Mato Grosso, y con él, la respuesta definitiva. Un siglo después, “Z” continúa siendo a la vez una ciudad que tal vez existió y un misterio que se niega a cerrarse.

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Preguntas frecuentes

Que le paso al coronel Fawcett cuando desapareció en el Amazonas?

Fawcett envió su ultimo mensaje el 29 de mayo de 1925 desde el Mato Grosso y nunca volvió a dar señales de vida junto a su hijo Jack y su amigo Raleigh Rimell. Sus restos nunca fueron identificados de forma fehaciente.

La Ciudad Z que buscaba Fawcett realmente existió?

No se encontró una ciudad de piedra como la imaginaba Fawcett, pero la tecnología LIDAR reveló redes de asentamientos organizados en la cuenca amazónica, lo que convirtió su intuición en una hipótesis con respaldo arqueológico.

Cuantas personas murieron buscando a Fawcett tras su desaparición?

Se calcula que alrededor de cien personas murieron, enfermaron o desaparecieron en las décadas siguientes intentando encontrar a Fawcett o reconstruir su ruta, pese a que él mismo había pedido expresamente que no se organizara ningún rescate.