Lugares Malditos

La Casa Matusita: la verdad y el mito del edificio más temido de Lima

La Casa Matusita de Lima acumula décadas de leyendas de terror. Separamos lo documentado de la leyenda urbana del edificio más temido del Perú.

La Casa Matusita: la verdad y el mito del edificio más temido de Lima

En el cruce de las avenidas Inca Garcilaso de la Vega y España, en pleno Cercado de Lima, hay una esquina por la que miles de personas pasan cada día sin levantar la vista. Quienes la levantan, sin embargo, suelen apurar el paso. Durante más de medio siglo, una planta alta de ese edificio permaneció cerrada, con las ventanas selladas, como si dentro hubiera algo que era mejor no molestar. Es la Casa Matusita, probablemente la dirección más temida del Perú, y casi todo lo que se cuenta sobre ella pertenece al terreno resbaladizo entre lo que ocurrió y lo que la gente decidió creer que ocurrió.

Una esquina con historia documentada

Empecemos por lo que sí puede sostenerse. El inmueble es real, antiguo y modesto en apariencia: una construcción de finales del siglo XIX, según ha declarado en distintas ocasiones la familia propietaria, que afirma haberlo adquirido en la década de 1920. Durante buena parte del siglo XX, en su planta baja funcionó un comercio: una tienda cuyo nombre, “Matusita”, terminó bautizando para siempre a todo el edificio. De ese letrero comercial, prosaico y cotidiano, nació el nombre que hoy hace temblar a los limeños.

El entorno también tiene una carga histórica verificable. Frente al edificio se levantó, a partir de 1862, la antigua Penitenciaría de Lima, una cárcel temida que funcionó durante décadas antes de ser demolida en el siglo XX para dar paso al Centro Cívico. Que un penal estuviera enfrente alimentó después el imaginario: a la sombra de una prisión, cualquier historia de sufrimiento encuentra suelo fértil. Pero conviene ser precisos.

El hecho de que junto a un lugar haya existido dolor real no significa que ese dolor habite las paredes de la casa de enfrente. Esa traducción la hace la imaginación, no el expediente.

Hasta aquí, lo documentado: un edificio del XIX, una tienda que le dio nombre y una cárcel histórica en la vereda de enfrente. Todo lo demás entra en el reino de la leyenda.

La esquina de Garcilaso de la Vega y España, donde se levanta el edificio que la memoria popular convirtió en mito.
La esquina de Garcilaso de la Vega y España, donde se levanta el edificio que la memoria popular convirtió en mito.

El catálogo de los horrores que nadie probó

Las versiones del mito son múltiples y, llamativamente, se contradicen entre sí, lo que ya es un primer indicio de su naturaleza folclórica más que histórica.

La más repetida habla de una masacre. Según el relato, el dueño de la casa habría humillado durante años a su servidumbre, hasta que los criados, en venganza, sirvieron un banquete envenenado con sustancias alucinógenas. Los comensales, presos del delirio, se habrían mutilado entre sí en una orgía de violencia. Otra variante invierte los papeles: es el patrón quien enloquece, ve sombras y ataca a sus empleados, hasta que dos sirvientes lo descuartizan en un ritual oscuro. Una tercera versión, más antigua y exótica, sitúa el origen de la maldición en 1753, con la llegada a Lima de una mujer persa de nombre Parvaneh Dervaspa, sanadora a quien la sociedad colonial habría tildado de bruja.

Ninguna de estas historias cuenta con respaldo documental. El historiador Merlín Chambi, citado por medios peruanos, lo ha resumido con sobriedad: todos los relatos nacen del mito popular y, hasta hoy, no existe información real que acredite la veracidad de lo que se narra sobre la Casa Matusita. No hay actas, no hay nombres comprobables de víctimas, no hay registro judicial de masacre alguna. Hay, eso sí, un relato que se transmite de boca en boca, mutando con cada narrador.

El periodista que “enloqueció” en vivo

De todos los episodios del mito, ninguno es tan recordado como el del conductor que supuestamente perdió la razón tras pasar la noche en la casa. La figura central de esa historia es Humberto Vílchez Vera, periodista de origen argentino afincado en Lima y conductor de programas dedicados a lo paranormal en la radio y la televisión peruanas de los años sesenta.

La leyenda cuenta que Vílchez Vera apostó que podía permanecer encerrado varios días en la planta alta de la Matusita; que apenas unas horas después tuvo que ser rescatado de urgencia, y que salió del edificio convertido en otro hombre, con la mente quebrada para siempre. El relato es vívido, cinematográfico y se repite hasta hoy como prueba del poder maléfico del lugar.

El propio protagonista, sin embargo, desmontó la historia. En sus declaraciones y en su trabajo posterior, Vílchez Vera reconoció que el episodio nunca ocurrió como lo cuenta la leyenda: que buscaba, ante todo, audiencia. Una frase suya quedó como confesión de la maquinaria del mito:

“Nunca entré, pero todos me vieron entrar; nunca hablé con un fantasma, pero me miran como si me hubiera convertido en un ciudadano del más allá.”

Es, quizá, la clave de toda la Casa Matusita: el relato no necesita ser cierto para volverse verdad colectiva. Basta con que alguien lo cuente con la suficiente convicción y que la ciudad quiera creerlo.

La planta alta sellada durante décadas: el detalle real que alimentó medio siglo de leyendas.
La planta alta sellada durante décadas: el detalle real que alimentó medio siglo de leyendas.

Por qué seguimos mirando hacia arriba

¿Por qué prendió tan hondo esta leyenda y no otra? Hay explicaciones razonables. La planta alta permaneció cerrada durante décadas, lo que cualquier transeúnte interpreta como ocultamiento antes que como simple desuso. El nombre extranjero y sonoro, la cárcel histórica de enfrente, el flujo incesante de personas por una de las esquinas más transitadas de Lima: todo conspiró para que el edificio se convirtiera en una pantalla en blanco sobre la que proyectar miedos.

La familia propietaria ha insistido, en sucesivas entrevistas, en que cuanto se dice no pasa de leyenda urbana, y que las muertes y masacres atribuidas al lugar jamás sucedieron. La estructura, además, ha sido modificada con los años. Y, sin embargo, el mito sobrevive a cada desmentido, más resistente que el propio concreto.

Acaso ese sea el verdadero misterio de la Matusita: no lo que esconden sus cuartos, sino lo que revela sobre nosotros. La necesidad de que existan lugares prohibidos, umbrales donde el orden cotidiano se quiebra. La casa sigue ahí, en su esquina ruidosa, sosteniendo en silencio una pregunta que ningún historiador puede cerrar del todo: ¿qué seguimos buscando cuando, al pasar, levantamos la vista?

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Preguntas frecuentes

¿La Casa Matusita existe de verdad?

Sí. Es un edificio real ubicado en el cruce de las avenidas Inca Garcilaso de la Vega y España, en el Cercado de Lima. Data de finales del siglo XIX y debe su nombre a una tienda llamada Matusita que funcionó en su planta baja durante buena parte del siglo XX.

¿Hubo realmente una masacre en la Casa Matusita?

No existe documentación que lo acredite. Las versiones sobre banquetes envenenados, descuartizamientos o un dueño enloquecido pertenecen a la leyenda urbana. Los historiadores consultados coinciden en que no hay registros, nombres de víctimas ni actas judiciales que respalden esos hechos.

¿Es cierto que un conductor de televisión enloqueció dentro?

Es la parte más célebre del mito, atribuida al periodista Humberto Vílchez Vera. El propio Vílchez Vera reconoció después que el episodio no ocurrió como se cuenta y que su objetivo era ganar audiencia, desmintiendo así la leyenda que él mismo ayudó a popularizar.